Blue Flower

El día lunes 11 de Febrero de 2008, aparece en EL MUNDO, de España, un artículo de Olga SanMartín, cuyo título no sólo que llama la atención, sino que origina un nuevo paradigma social: Bienvenido a la República de los Sordos, hay un subtítulo: Un libro escrito por 13 no oyentes orgullosos de  serlo, se ha convertido en el manual de su “revolución” cultural e identitaria.
 
No voy a trascribir el artículo, pueden tener el original si lo desean en http://www.loquenoexiste.es . Cuando lo leí, hace cerca de seis meses confirmó mi deseo de investigar la riqueza de la cultura sorda en Ecuador. Desde el año 1965, que tomé contacto con personitas sordas, en la Sección Especial del Colegio Femenino “Espejo” de Quito, mi vida fue atrapada en su misterio. De verdad que es un misterio, requiere pasión para descubrirlo.
 
De tal manera que mirar en  la foto que exhibe el artículo a Raquel Puelba y Gemma Piriz, coautoras, fue simplemente un flechazo a mi corazón. Tuve la sensación que las conocía de siempre –sus rostros me son familiares- por una sola razón, SON SORDAS.
He conocido a miles de estudiantes, llevo más de cuarenta años ejerciendo esta tarea, pero únicamente los y las sordos/as, tiene la mirada penetrante, una sonrisa que es mediana, un rostro que demuestra las jornadas vividas para interactuar con sus familiares, amigos, vecinos, maestros, con una clara satisfacción de haber logrado “lo imposible”
Destacando en el artículo, se lee afirmaciones de dos tipos: Cosas buenas de no oír y Cosas malas de no oír. Todas, “extrañas” para los oyentes, descubriendo nuevas realidades y maneras de construir el mundo, desde una perspectiva completamente diferente, un mundo quedito, tácito, silencioso.
 
Para entender lo que significa ese mundo, no basta con poner algodón en los canales auditivos, apretar con las palmas de las manos o cualquier otro instrumento las orejas, etc. NO, definitivamente no!
A quienes leen mis palabras, propongo tomar un sencillo diccionario de sinónimos y antónimos y buscar las palabras: silenciar o silencio. Pueden comprobar el número corto de sinónimos, pero grande en extensión,  los antónimos. Hemos construido tres o más decenas de palabras y expresiones en contexto, para asignar al mundo sonoro. Describimos la realidad de la presencia del sonido a través de connotaciones y denotaciones abundantes. En cambio, para describir el silencio, somos parcos.
El argentino Pablo Sanguinetti (1) en uno de sus ensayos, Silencio, hombre y literatura, (Revista Silencios) http://www.silencios.com  lo describe de este modo:
 
“Hace silencio el escritor que sugiere, el escritor que, por confianza en la creatividad de quien lee, no lo muestra todo.
Hace silencio el escritor que ensaya, el escritor que ve que en sus faltas y divergencias, más que un obstáculo, su mejor estímulo: sólo quien es capaz de plasmar en la obra toda la imperfección y la extrañeza de su existencia individual puede salvar esa distancia decisiva que existe entre escribir bien y hacer literatura.
Hace silencio el lector que se atreve a disfrutar la obra a través de un diálogo íntimo, paciente, personal con ella; el lector que reescribe mientras lee, que se incorpora al texto.
Hace silencio la sociedad cuando acepta que el compromiso más arriesgado y más productivo que puede exigir al poeta es el de ejercer libremente su arte.
 
Hace silencio la obra que no teme doler o extrañar; la obra que aprende a transfigurarse en hombre”.
 
La última afirmación, es un canto a la presencia del silencio porque en él, el hombre se trasfigura. Cada niño sordo, se trasfigura al transitar por las instancias de su vida. Un sordo adulto, no sólo que se trasfigura, se transforma en único y absolutamente personal.
Luego de cuatro décadas, puedo con sobrada razón afirmar, ese proceso de metamorfosis. Desde tiempos inmemoriales, los insectos han maravillado al hombre. Son organismos fascinantes que nos sorprenden no sólo por su gran diversidad de formas, tamaños y coloridos, sino también por las adaptaciones morfológicas y fisiológicas que presentan para establecerse en diferentes hábitats y hacer frente a los cambios del medio. Esta "plasticidad" les permite también sobrevivir gracias al uso de diferentes estrategias.
Y los sordos son así, seres fascinantes, dotados de estrategias que no sólo les permiten “sobrevivir” sino crear nuevas percepciones, nuevos imaginarios, nuevos conceptos, nuevas maneras de ser y existir.
 
Este es el motivo de escribir estos pequeños artículos sobre ellos y ellas. Bajo el auspicio de la Universidad Politécnica Salesiana, estoy desarrollando un proyecto de Investigación: Estudio Psicolingüístico de la Lengua de Señas Ecuatoriana LSEC, desde una perspectiva intercultural. Es un aporte para abrir espacios y enriquecer la multiculturalidad de nuestro país, pero y muy especialmente, plasmar estos años en los cuales he sido privilegiada en compartir girones de vida de sordos y sordas.
 
Para concluir, estoy tan de acuerdo en eliminar el término “sordo” por el de NO OYENTE, como Olga SanMartín, introduce categóricamente en el artículo que dio origen a este escrito. Así que afirmo:
 
El mundo está constituido por personas: unas no oyentes y otras oyentes.
 
Agradezco de antemano a Sol (Salesiana OnLine) por permitir un espacio y a los lectores que deseen intercambiar opiniones. Prometo acoger sus generosas palabras.
 
Magdalena Ortiz Dávila.
 
(1) Buenos Aires, 1978. Desde 2000 reside en Madrid. Diplomado en Filología Clásica y Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense, con Mención Especial del Ministerio de Educación y Ciencia por sus méritos curriculares y académicos.
Desde 1994 publicó relatos, ensayos y poemas en diferentes diarios, revistas y antologías de Argentina y España. En 1995 fue incluido en el “Panorama del Cuento Argentino Contemporáneo” de la revista Proa (fundada por Jorge Luis Borges en 1922), entre autores como Adolfo Bioy Casares o Marcos Aguinis.
A los 18 años fue galardonado con la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores por su libro de relatos El sueño de Teseo (Proa, 1997). Es el autor más joven que ha ganado esta distinción.